CUENTO «Volver a abrazar el judo»

Un día decidió recuperar aquello que durante años le proporció la felicidad y el desafío juvenil. El judo fue la primera vivencia que le sacudió el corazón desde todas las bandas. Quiso encontrar a su antiguo profesor para volver a calcular en qué lugar andaba.

Entro en el dojo, y allí seguía con la misma mirada de entonces.

-Maestro, he decidido volver a sus clases.

– ¿qué buscas?

– Me he dado cuenta que hasta ahora he buscado cosas que me envuelven de importancia, pero olvidé las importantes.

-Pero… ¿cómo olvidaste tu alma de judoka?

El maestro le puso su mano en el hombro, y añadió:
-Debes recuperar aquella chispa que brotaba de tu mirada cada vez que saludabas y entrabas al tatami.

Esas palabras volvían a despertar algo en su estómago y acariciaban con cariño su aflicción.

Cuando un alumno se va, el sensei cierra ese libro, y espera. Espera que todo el cariño entregado en cada entrenamiento valga la pena. Custodia sus recuerdos, y no pierde la esperanza de que suceda un milagro, la oportunidad de otra segunda lectura. Si eso ocurre… nunca es igual, pero podría ser mejor.

En las profundas soledades de la docencia, cuando se da lo que hay que dar, hay desconcierto. El maestro ofrece direcciones, regala su experiencia, trasmite todo el conocimiento que ha logrado a través de su ejercicio, y muestra una dirección. Si se empeña en elegir un sólo destino, fracasa. Es insostenible mantener un grupo danzando al mismo son, porque sería una manera de condicionar lo que tienen los alumnos, y lo que pueden tener.

El veterano con sus ojos húmedos de alegría, miró a su maestro, y le dijo:

-Maestro, ahora quiero disfrutar de aquello que no entendí. De lo que no tuve paciencia para interpretar. Aquello que quedó pendiente por el brío infantil y que la juventud me impidió reconocer. Creo que ha llegado la hora de entender, observar, sentir, respirar, estirar, contenerme, ayudar, aguantar…

-Bien. Le dijo el profesor. Si estás aquí, es porque te has olvidado de ganar a otros y comienzas a quererte. La mayor victoria que debemos alcanzar está en nosotros mismos. Ahora, debes aprovechar esa experiencia para lograr aceptarte sin perder el deseo de superación personal. Es así, conocerte, aceptarte y supérate.

El veterano inspiró para conseguir llenar el limo de su crecida sombra de judoka.

– ¡Venga, agarra el judogi, y comienza tu combate! y otra vez, volveré a ser tu fuente de energía.

-Gracias maestro.

 

Maestros Oscar Martín, Macario García, Teresa Campo, Almudena López, Mº José Nuñez y Chema Larrañaga.
 

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