Jigoro Kano señaló con su ejemplo la necesidad de cimentar los fundamentos del judo mediante la investigación, el desarrollo de nuevos métodos de enseñanza, la definición de sus ideales, la formación de instructores y la promoción del deporte; logrando su consolidación desde la nación japonesa hasta alcanzar una enorme escala internacional.
La pugna entre expertos sobre los fundamentos de la técnica y sus desviaciones abre un debate entre las distintas formas de ver y sentir el judo. Por ello, las autoridades han marcado una vía común para acotar el vicio de entender esta disciplina, únicamente desde la perspectiva que uno rescata de su propia experiencia y talento, escondido entre un alto grado Dan o un cargo de autoridad.
Mientras tanto, la misión va más allá, recorre campos de siembra más legítimos. Cuando enseño una técnica a un niño, me doy cuenta de que la que aprende soy yo. Hay alumnos que reciben el conocimiento y, en sus miradas, sabes que les ha llegado el mensaje de la técnica; en otras ocasiones, en cambio, parece no haber manera de transmitir, ni siquiera una posición corporal correcta. No obstante, esos son los casos que me hacen crecer, pues me presentan la oportunidad de buscar nuevos métodos y, sobre todo, de reflexionar en qué me estoy equivocando.
Según lo expuesto por Syd Hoare: “El sistema de grados ha causado ciertos problemas a lo largo de los años en casi todos los países donde se instauró, pues la mayoría de los judokas desean obtener un rango alto, pero no todos cuentan con la habilidad requerida. El Dan, en cuanto símbolo honesto de la destreza sobre el tatami, desempeña una importante función, sobre la ayuda a la formación de los profesores, protección de los novatos y promoción de distintos objetivos para quienes no compiten”.
En ese sentido, me atrevo a decir que los alumnos llegan a nuestro Dojo en busca de un crecimiento y han decidido estar a nuestro lado para disfrutar de una experiencia formativa, deportiva y saludable. Aunque en el comienzo sea imposible determinar hasta dónde pueden llegar. Ellos esperan que esta práctica les haga sentir bien y les ayude a sacar su mejor versión, y el maestro le acompaña.
Por tanto, subirse al pedestal docente sin estar dispuesto a arrastrarse por el suelo para colocar un pie, o explicar más de veinte veces cómo se ata el cinturón, resulta insuficiente. Quienes elegimos ser enseñantes, debemos ceñirnos al BIEN-SER por encima del BIEN-ESTAR, que a veces llega sin merecerse.
Hay un momento en el que se pasa de ser estudiante a especialista. En ese instante, una se coloca al otro lado de la clase para transmitir aquello que ha recibido, con la responsabilidad de enseñar, de buenas formas, lo que resulta positivo para el desarrollo de otros. En mi caso, son niños y jóvenes escolares quienes cada día acuden a mi entrenamiento para llevarse algo, y en ello pongo todo mi empeño.
En esta misión es necesario distinguir entre el BIEN-SER y el BIEN-ESTAR, ya que la labor docente no es un camino de rosas. Pese a ello, deja huella cada día; por tanto, debe ser auténtica, digna y cumplir sus objetivos principales. Si logras esto, a pesar de las limitaciones y dificultades, la gratitud te acompañará y tu prosperidad aumentará en ese fluir, que conecta tu corazón con el de tus alumnos.
Intentar saltarse los pasos de la generosidad, esfuerzo y comprensión puede anular el flujo educativo. En esta difícil misión de la enseñanza, sobre todo en las etapas de iniciación y especialización (los extremos), se requiere de mucha intención y humildad para percibir por dónde se está avanzando.
El propósito docente debe fluir; si no es así, algo hay que mejorar y, seguramente, la mejora resida en uno mismo y no en los demás.
TEXTO: ALMUDENA LÓPEZ (7/2/2026)
FOTO: GONZALO PÉREZ