Desde hace un tiempo no dejo de pensar en aquellas sencillas técnicas aprendidas en la infancia, aquellas que me iniciaron en el verdadero amor por el judo. Aquellos inicios, actualmente recubren mis pensamientos y dan motivo a lo que soy.
Por entonces, ni siquiera comprendía del todo la técnica, pero la sentía y con ello, nacía las ganas de inventar proyecciones increíbles que pudieran sorprender a mi alrededor. Añoro esa sensación de buscar y probar el movimiento hasta lograr una técnica de estilo propio.
Ahora todo está inventado, nuestro teléfonos nos permiten imitar y la IA diseñar nuestros deseos. Aquellas practicas dejaron de tener valor, ya no se pueden hacer lo que no está permitido en competición, ni aquello que cada día se le antoja corregir a la nueva institución académica. Ya no sirven los talentos técnicos particulares para examinarte, porque ni siquiera sabemos si son Judo.
¿Dónde ha quedado la creatividad que nos distingue de otros deportes?
En la actualidad remodelamos el pasado, lo interpretamos de la mejor manera posible para que el presente sintonice con lo que quieremos ser y quieren que seamos, y dejamos que se vaya aquello que nos ha formado hasta lo que hoy somos.
En aquellos tiempos aprendíamos sin importar el contenido, solo importaba la manera de recibirlo, todo se convertía en una aventura, lo que hacíamos y nos contaban pasaba por dentro y salía envuelto en llamas.
Ahora hay mucha sabiduría apoyada en tecnología, demasiada competiciones, demasiadas fuentes de información interesantes que eliminan la curiosidad. Hay demasiados campeones y expertos trasmitiendo en el tatami sus secretos, que son vistos desde cualquier lugar del mundo.
Hay tanto de todo, que no hay espacio para hablar del sentimiento de las primeras enseñanzas, explicadas desde la superación de la torpeza, convertida en experiencia de aquellos maestros que nos corregían con sus ojos y su corazón, sin celebración pero con pasión, impulsando la autenticidad de sacar el judo desde nuestro interior.
¿Y ahora qué? Está en nuestras manos, comenzamos a enseñar, así que… podemos si queremos, dejar de querer más y escuchar lo que nos suena dentro, inventar y agarrar donde sea para lograr la armonía de sus almas trenzadas en sus movimientos, sin tantas reglas y restricciones. Ir a favor, no en contra, de sentir lo que enseñamos y enseñar lo que sentimos, no solo cumpliendo lo dispuesto.
Texto: Almudena López
Foto: Gonzalo Pérez
